LAS MANOS QUE ESCUCHAN

Maricarmen Figueras

Hay algo que observo muy a menudo en las mujeres que llegan a mis manos. Llegan con prisa, casi siempre después de un día largo de trabajo, de las cosas de casa, de responsabilidades… del día a día. Se tumban en la camilla y raro es si no dicen:

“Madre mía… no me había dado cuenta de lo cansada que estaba”.

Y es que muchas mujeres vivimos así: ocupándonos de todo, resolviendo mil cosas a lo largo del día, sosteniendo responsabilidades que a veces ni se ven desde fuera. Lo hacemos casi sin pensar, porque forma parte de nosotras.

Pero el cuerpo habla.

Habla cuando la espalda se carga, cuando los hombros se endurecen o cuando la tensión se va acumulando poco a poco sin que nos demos cuenta.

El masaje, en cualquiera de sus formas, masoterapia, masaje terapéutico, maderoterapia o simplemente un masaje relajante, no es solo una cuestión estética o puntual. Es un espacio para parar, para respirar, para que el cuerpo vuelva a encontrar su equilibrio.
A lo largo del tiempo he aprendido algo muy sencillo: cuando una mujer se da permiso para cuidarse, aunque sea durante un rato, algo cambia. No solo se relajan tus músculos; tu mente cambia la manera de sentirte y de percibir tu propio cuerpo para seguir adelante con el día a día.

A veces no se trata de hacer más.

A veces se trata, simplemente, de parar… y regalarse un momento para una misma. La mayoría de las veces paramos porque estamos mal y no podemos más; pero, toma nota: hay que parar antes de estar mal, recuperar y continuar.

Hola, soy Maricarmen,
si me das permiso,
tu masajista.

Hola! Soy Maricarmen, si me das permiso, tu masajista.
Foto 04

Maricarmen Figueras

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“Madre mía… no me había dado cuenta de lo cansada que estaba”.

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“Madre mía… no me había dado cuenta de lo cansada que estaba”.

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